Los objetos de transición

Cuando las guaguas (bebés) nacen, no tienen la capacidad de auto regularse afectivamente y es por eso que requieren siempre de la presencia y asistencia de un adulto para poder lograrlo.

Cuando el adulto no le reconforta y lo deja llorar sin más (tal como se hace en el método “Duérmete niño”, del señor Estivill), eventualmente el niño sí dejará de llorar. Sin embargo no lo hará porque haya logrado auto regularse, si no a que su cerebro se ha “apagado” debido a que el estrés que está viviendo es más del que puede gestionar. Con ello, sólo le enseñaremos a nuestro hijo o hija que no somos figuras constantes, atentas y que no puede contar con nosotros, facilitando que así se desarrollen estilos de apego inseguros.

Una forma de lograr calmarse a sí mismos que muchos niños generan entre los 4 y los 12 meses de edad (y que suelen mantener hasta por varios años) son los llamados objetos transicionales u objetos de apego. Estos objetos son elementos que el niño decide “recoger” de su entorno debido a que cumple con alguna característica que es reconfortante para él: la bata de seda que le agrada al tacto, la polera de la mamá que tiene su aroma, el peluche que tiene un cascabel en su interior que tintinea de forma agradable.

Podemos entender el objeto de transición como si guardase un trocito de la seguridad que le infunden sus figuras de apego (papás y mamás) y le sirviera para estar lejos de ellas, tal como si al irnos a un largo viaje nos llevásemos una caja con las galletas que hornea nuestra madre para que, al comerlas, podamos sentirnos más cerca de nuestro hogar.

Es por eso que se denominan “transicionales”: porque permite la transición de la dependencia hacia el poder separarse de forma progresiva.

Entonces ese objeto de apego se convierte en algo importante, importantísimo, ¡sagrado! (y debemos tratarlo como tal). Nuestro hijo o hija tenderá a aferrarse más a él en ausencia de sus figuras de apego primarias. Si aún en presencia de éstas se aferra con la misma vehemencia al objeto, es bueno repasar la situación y nuestras conductas, pues quizás hay alguna necesidad que no estemos leyendo adecuadamente y que hace que nuestro hijo/a esté necesitando de ese shot extra de seguridad y afecto.

El hecho de que tu hijo o hija tenga un objeto de apego no quiere decir que le falte amor. Sin embargo, sí es un elemento que responde a la configuración cultural, pues en aquellos contextos sociales en los que las madres o los padres pueden permanecer siempre al lado de sus pequeños (y que no tienen que cumplir con las presiones sociales del trabajo, la guardería, jardines infantiles, cuidadores, dormir solos a temprana edad como ocurre en la mayoría de la cultura occidental) estos objetos no se tornan necesarios. No es obligatorio o imprescindible que lo tengan, lo ideal sería que permitamos que nuestro hijo lo genere de forma espontánea. No necesitamos introducirlo ni retirarlo. Sin embargo cuando el uso de este objeto se prolonga durante demasiado tiempo aún cuando sientes que sus necesidades afectivas están cubiertas, quizás sería interesante mirar qué está ocurriendo.

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